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REFLEXIÓN DOMINICAL 20/04/2014

 

Hno. Mariosvaldo Florentino, OFMCap

¡Jesús resucitó! ¡Aleluya!


Gotas de paz

20 de Abril de 2014.

¡Querido hermano, querida hermana, Paz y Bien!

¡Jesús resucitó! ¡Aleluya!

Desde el inicio de la historia humana, el hombre empezó a experimentar la muerte, que se presentaba como un límite trágico e insuperable. Ante la muerte el hombre se sentía impotente, derrotado, destruido y sin palabras. La tristeza y la desesperación son sus compañeras. Se sentían así los que veían acercarse la propia muerte, como también los que vivían la muerte de un ser querido.

El hombre no sabía cómo resistirla. Casi siempre la muerte llegaba en los momentos más inoportunos. A veces de un modo imprevisto, en un accidente, con una enfermedad repentina y fulminante o a causa de un acto violento... Y así terminaba la vida de una persona llena de sueños y de proyectos. Ni el dinero, los bienes o la fama podían prolongar o evitar su llegada. La muerte era el signo de cuánto era estúpida la vida humana en esta tierra. El hombre, que se daba cuenta de su irremediable destino hacia la muerte, era condenado a la angustia, la tristeza, la depresión. Se decía: Para todo se puede encontrar una solución, menos para la muerte.

La muerte era vista, también como el más gran de castigo que se podría dar a una persona. Así algunos para vengarse o las sociedades para punir y protegerse, daban la muerte a quien había hecho el mal. Nada podría ser peor para una persona que morir.

También al inicio de la revelación, en los primeros siglos del pueblo de Dios, así se pensaba. No se hablaba de resurrección. Se pensaba que los muertos sencillamente habitaban en el Sheol, y pertenecían a un mundo completamente olvidado. Sólo en los últimos siglos antes de Cristo es que los judíos empezaron a hablar de la resurrección; pero, esta ocurriría solamente en el último día, o sea al final de la historia. Hasta allí, los muertos todos estarían esperando en el Sheol.

También los discípulos de Cristo, creían en la resurrección, y esperaban que su maestro fuera a resucitar, pero en el último día, al final de la historia. Una vez muerto, él ya no podía más intervenir en sus vidas. Por eso, cada uno tendría que volver a sus cosas. La muerte de Jesús, para ellos, significaba el fin de todo aquel sueño.

La mujeres que van al sepulcro en la mañanita del domingo cuando aún era oscuro, van para dar al cuerpo de Jesús los honores que se hacían a los muertos. Ellas no pudieron hacerlo el viernes por la prisa, ya que tenían que sepultarlo antes del atardecer, pues sería el inicio del sábado, y aquel día no se podía hacer nada. Estaban buscando sólo un cadáver. Ellas querían colocar los aromas, despedirse más sentidamente, y después entregar a Jesús a la tierra para que se descompusiera. Después de esto pensaban, seguramente, en volver cada una a su vida anterior, sabiendo que con Jesús ya no podrían contar más, pues él ahora pertenecía al mundo de los muertos.

Por eso, cuando escuchan la voz de los ángeles que les dicen: "¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, resucitó," sus corazones se llenan de alegría, por dos motivos: en primer lugar porque Jesús había vuelto de la muerte. Aunque lo habían asesinado, Dios lo había resucitado y él podía continuar interviniendo en la historia. Ellas no tenían que retornar a sus vidas de antes, sino podían continuar con la propuesta de vida nueva que les había hecho Jesús.

En segundo lugar: porque la resurrección de Jesús cambiaba completamente la relación del hombre con la muerte. En él, todos podrían vencer a la muerte. Lo que Dios hizo con él, puede hacer con todos los hombres que se unen a él. En Cristo, Dios puede hacer nuevas todas las cosas. La resurrección de Cristo hacía cambiar toda la perspectiva de futuro. El hombre ya no viviría la angustia de la muerte, ya no se sentiría impotente y ni la temería. Ahora el dicho tenía que ser cambiado: "Para todo en la vida se tiene una solución, hasta para la muerte."

Estaba empezando allí la nueva historia de la humanidad. Los cristianos tenían una buena noticia para dar a todos los hombres: Jesús venció a la muerte. La vida humana en este mundo no es una tragedia. Tiene un sentido, basta saber direccionar. Y los discípulos lo anunciaron por todas partes. Y delante de las amenazas: “¡cállense o les mataremos!”, ellos decían: “la muerte no es más un problema para nosotros. Ni la muerte nos puede paralizar.”

Es por eso que la resurrección de Cristo es el centro más importante de nuestra fe. Pues por un lado confirma y da autoridad a todo lo que Jesús había predicado antes de su muerte; y por otro lado cambia completamente la perspectiva de la vida humana en este mundo.

Ciertamente la pregunta que nos debemos hacer en este día de Pascua es:

¿Acepto yo, de verdad, la buena noticia de la resurrección de Cristo con todas sus implicancias en mi vida?

¿Ante la muerte, actúo como cristiano o aún como pagano?

¿Vivo sabiendo que también yo puedo –con Cristo– vencer a la muerte, esto es resucitar?

O ¿sólo intento huir de la muerte?

Pascua es esto: ¡resurrección!

Felices pascuas...
Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino.


LECTURAS DE LA LITURGIA

Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles 10, 34-43

"Nosotros hemos comido y bebido con él después de su resurrección"

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: "Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Natzaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no ha todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección.

Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados".

Salmo Responsorial: 117

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"Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo"

Dad gracias al Señor, porque es bueno, / porque es eterna su misericordia. / Diga la casa de Israel: / Eterna es su misericordia. R.

La diestra del Señor es poderosa, / la diestra del Señor es excelsa. / No he de morir, viviré / para contar las hazañas del Señor. R.

La piedra que desecharon los arquitectos, / es ahora la piedra angular. / Es el Señor quien lo ha hecho, / ha sido un milagro patente. R.

Segunda Lectura: Colosenses 3, 1-4

"Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo"

Hermanos: Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto, y nuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria.

O bien:

1Corintios 5, 6b-8

"Barred la levadura vieja, para ser una masa nueva"

Hermanos: ¿No sabéis que un poco de levadura fermenta toda la masa? Barred la levadura vieja para ser una masa nueva, ya que sois panes ázimos. Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Así, pues, celebramos la Pascua, no con levadura vieja (levadura de corrupción y de maldad), sino con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad.

Evangelio: Juan 20, 1-9

"El había de resucitar de entre los muertos"

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo a quien quería Jesús, y le dijo: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto."

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro. Vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no había entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.


 

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